La capacidad del pensamiento neoliberal para imponer sus tesis es abrumadora. No hay resistencia intelectual a la avalancha mediática y política conservadora. Los dogmas falsos se hacen indiscutibles ante el miedo y la cobardía de quienes tendrían que encabezar la rebeldía. La “culpabilización” de los trabajadores es un excelente instrumento de dominación de la sociedad que utilizan con eficacia las elites privilegiadas.
Pareciera que España progresó gracias a un milagro sin rostro humano. ¿De donde salió el dinero para este despilfarro público colectivo? Naturalmente de los impuestos; es decir, de las retenciones de la renta de los trabajadores mayoritariamente. Y del IVA del consumo que provenía de sus salarios. Los asalariados españoles han sido protagonistas de un desarrollo que no les ha beneficiado a ellos en la parte que les corresponde. Mientras las retribuciones de los ejecutivos de alto nivel están al de los niveles más altos de Europa, el salario mínimo interprofesional está muy por debajo, al igual que los sueldos medios.
Ahora, en medio de una crisis de origen financiero y como consecuencia de la burbuja especulativa, se ha puesto de moda señalar a los trabajadores como responsables de todos los males. El mantra que se repite es el de la falta de productividad, coste del despido, baja cualificación, absentismo…
Nada de eso es cierto al menos en las proporción que se señala. La sociedad de la información es en realidad la sociedad de la propaganda. Se repite una idea con una intención política y se convierte en una evidencia que nadie se molesta en contrastar.
Las consecuencias son la sumisión, el complejo de culpa y el miedo instalado en la sociedad como instrumento de dominio sobre las personas.
España es una sociedad de ciudadanos atemorizados. Los que tienen empleo temen perderlo. Los que no lo tienen perciben que no lo van a encontrar. El resto está angustiado por las medidas de ajuste que deciden personas privilegiadas que no sufrirán la descarga que promueve esta crisis.
Y así se abre camino sin cortapisas la idea de que la imposibilidad de crear empleo radica en los altos costes de los despidos en un país en el que no hay movilidad laboral y que la frontera de los cincuenta, en la mayoría de los oficios y profesiones, es la entrada en el desempleo perpetuo. Mientras, los bancos no dan crédito mientras sus altos directivos ganan decenas de millones de euros.
Otra idea que se repite es el de la falta de productividad, achacada casi siempre a la falta de formación de los trabajadores y a un pretendido déficit laboral. Nunca son los empresarios quienes reconocen una mala gestión, una apuesta a corto plazo por el beneficio, el descuido del servicio que brindan. Todo con muchas excepciones particulares.
Ahora toca, desde hace ya un tiempo, el descrédito de los sindicatos. Se abre camino la idea de que la negociación colectiva es insoportable para las empresas y que cada colectivo de trabajadores tiene que negociar sin mínimos por sector. Se profundiza el camino de la precariedad.
Si destruimos los sindicatos, si demonizamos a los trabajadores, si bajamos los salarios y abaratamos el despido se abre un proceso de retroceso histórico de las conquistas de los trabajadores. Pero tampoco conseguiremos ni productividad ni calidad en nuestros productos y servicios. Estaremos creando una sociedad más injusta, menos perfeccionista, donde el individualismo acogotará los principios básicos de un entramado progresista. Tenemos la obligación de reaccionar contra estas campañas.