Carlos Carnicero

A falta de iniciativa, Pablo Iglesias cambia la camisa de leñador por el smoking

Después de unos días de discreto e inusual silencio, Pablo Iglesias se ha presentado en sociedad con su flamante smoking en los premios Goya. No tenemos noticia si es una acción única e irrepetible o el comienzo de un nuevo look en ceremonias festivas o políticas. El cambio de su uniforme proletario por prendas convencionales.

No sé si es una anécdota. Pero quien hace alarde de presentarse en audiencia con el jefe del estado con camisa de leñador, a cuadros, ha decidido cumplir el protocolo de la gala del cine. Pedro Sánchez no se puso siquiera corbata. En esta democracia mediática se interpreta el vestuario como una cualidad más del mensaje político.

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Lo cierto es que leyendo la entrevista de Errejón en el País, no se aclara la razón por la que Podemos ha vetado a Ciudadanos como posible integrante de una fórmula de gobierno alternativa a la que pudiera haber formado el PP. ¿Se trata de que no haya más socios en la propuesta de Iglesias, para acaparar el máximo de carteras posibles? No se ha intentado, siquiera, saber si Ciudadanos suscribiría un programa común con el PSOE y Podemos. Debemos deducir que para Podemos, Ciudadanos no pasa el cedazo de partido democrático y se le relega a la condición de antiguo, “casta” o cualquier otro calificativo de los que usa Podemos con todos los demás.

Con el acuerdo alcanzado por Pedro Sánchez con el PNV y la disposición de IU a formar parte de esa alianza, Podemos se va quedando aislado, amarrado a la exigencia de una vicepresidencia única y a la celebración de los referéndum de autodeterminación de las comunidades autónomas que lo soliciten.

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Ningún candidato ha visto el debate entre Kennedy y Nixon

Cuando terminó el debate organizado por El País tuve la oportunidad de ver una espléndida película china. “Camino a casa” es una sencilla historia de amor del director Zhamg Yimou. Una reflexión sobre el respeto, en su acepción de reposar antes de emitir un juicio pausado. Disfruté por contraste. La autenticidad que rezuma el film, la precisión del actual cine oriental sobre las cosas sencillas, sin necesidad de grandes acontecimientos me emocionó. Es una película sin estrés que reclama la atención sosegada desde el primer minuto. Es un contrapunto al vértigo de nuestro tiempo que nos dificulta enormemente la capacidad de reflexión.

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El debate me resulto sobre todo artificial. Las luces metálicas sobre el fondo azul impedían cualquier atisbo de intimidad. Los candidatos estuvieron como niños grandes con la lección aprendida. La recitaron con la pulcritud con la que el primero de la clase enumeraba la lista de los reyes godos. Yo nunca pude con ella.

Mal está España si este es el menú de recambio. Tal vez me estoy volviendo demasiado exigente, pero no consigo que nadie me sorprenda. Sorprender para motivar la reflexión es tarea imposible.

En cada respuesta se nota un cuidado trabajo de laboratorio para que no moleste a nadie. A nadie del que se pueda conseguir el voto. Tienen sin duda capacidad de memorizar, incluso en algunos pasajes consiguieron que parecieran palabras espontáneas; fue solo un espejismo.

Desde luego son otros tiempos. Aunque El País pretenda que ha inventado la pólvora. El formato era muy norteamericano, casi no ha variado allí desde el primer debate de J. F. Kennedy con Richard Nixon. Fue el 26 de septiembre de 1960. Aquel día cambió la televisión con el primer debate político moderno. Luego no se ha inventado nada sustancialmente distinto.

Creo que ninguno de los candidatos españoles habían visto detenidamente el viejo debate. La clave fue la cercanía. J.F. Kennedy ganó porque los espectadores creyeron que les estaba hablando individualmente a ellos. A sus sueños. A sus aspiraciones. A sus temores. Nixon quiso demostrar que sabía más, solo eso.

Ninguno de los aspirantes del debate de El País consiguió que yo pensara que me estaban hablando a mi. Lo que hace único a un actor es la sensación de que se cree lo que está diciendo como si lo dijera él. Y eso no ocurre en España.

Albert Rivera me resulta insoportablemente impecable. Quizá es el que consigue más sensación de autenticidad. Aguanta bien el agotamiento de múltiples apariciones; su novedad todavía no es totalmente impostada. Tiene futuro, porque es el que más humano parece. Pero de tanto repetir lo mismo, en letanías asonantes, sin variaciones en la cadencia o la entonación, me parece un poco lorito. A mi ya me aburre porque no espero nada que no conozca.

Pedro Sánchez, con su sempiterna americana dos tallas más corta, me parece un meritorio. Implora ayuda solo para que no le lapiden en su propio partido. Invoca la marca PSOE como garantía, pero el partido no se ha recuperado de su declive. Sabe que es su última oportunidad y eso le genera ansiedad.

Pablo Iglesias es descarado, lo digo con un poco de admiración. Tiene la ventaja de que no se ajusta a precisión alguna. Es un cínico en el sentido griego de la palabra. Puede defender una cosa y la contraria con enorme habilidad. Y si tiene que poner a Zapatero como ejemplo lo hace con naturalidad, pero solo para darle una puñalada a Pedro Sánchez.

Suelta los dardos sin saber si son ciertos. Coloca a Trinidad Jiménez en Telefónica con el mismo desparpajo que Monedero que insinúa que Rivera esnifa cocaína. Todo vale porque casi nadie comprueba que una cosa sea falsa. ¿Para qué someterse a la verdad si la mentira no pasa factura?

Recuerdo ahora la espontaneidad de la película Camino a Casa. Cada personaje se muestra como es. Hay un enorme respeto generacional y cada personaje escucha al otro, guarda silencio para analizar lo que le han dicho. Y la escena en la que un artesano reconstruye un cuenco de cerámica es la evocación del respeto que merece cada cosa si tiene quien la aprecie.

¿Alguien recuerda un debate en España en el que uno de los participantes deje la minima posibilidad de que otro le convenza?

No tengo criterio científico para saber quien ganó el debate de El País. Tampoco para saber si cambió alguna decisión de voto. Solo siento nostalgia de un país que admire a sus políticos. No por su habilidad sino por su inteligencia, su honestidad y su credibilidad.

Me parece que elegir el voto va a ser un detallado ejercicio de descarte entre todos los candidatos. Entusiasmo, poco; casi ninguno. Pero tenemos que jugar con las cartas de nuestra baraja.

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“Sálvame de Luxe” en la campaña de los ocultamientos electorales

Todavía no hace frío en Madrid, salvo en el ambiente de la campaña. Noto sobreactuación de los candidatos. Pregunto otra vez a todo el que me encuentro a quien va a votar y quién cree que va a ganar. Mis interlocutores dan muestra de cansancio. Sobreactuación huera de contenidos. Mucho partido de ping pong. Paseíllos por los platós de televisión. Creo que Albert Rivera está sobre expuesto. Le escucho y se cual va a ser la frase siguiente.

Es cierto que Mariano Rajoy se siente cómodo en los programas deportivos, colleja a su hijo incluida. Es en la única circunstancia en la que puede hablar sin mirar la chuleta. Quizá como comentarista de deportes tiene más futuro que como registrador de la propiedad.

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Se habla de la evolución, transformismo y moderación del líder de Podemos. Su seña de identidad radical se circunscribe a su negativa a suscribir el pacto antiyihadista. Por ahí le caen los golpes. Y en los líos internos. Se estudiará en las universidades como se desinfla un suflé político. Ya no sé cual de los personajes es el auténtico Iglesias. Incluso no sé si lo sabe él.

 

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Apuntes a vuelapluma

Una eternidad hasta el 20 de diciembre

Dos meses es mucho tiempo en un país paralizado por la cita electoral. El Gobierno inaugura; Rajoy hace paellas en el feudo valenciano que está en peligro. Pedro Sánchez busca en el fondo de la chistera para redondear un programa electoral que rasque el voto perdido. Albert Rivera es prudente para no actuar sobre las expectativas que pueden ser un boomerang. Y Podemos, ahora en baja, trata de equilibrar sus defectos, sus aristas, para recuperar la ilusión perdida.

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Y, mientras tanto, la gestión de los asuntos públicos está paralizada en Cataluña. El lodo de la corrupción sigue subiendo de nivel desde las sentinas de Convergencia Democrática de Cataluña. El secesionismo está herido por el hedor insoportable de las tramas de corrupción que salpican a los dos presidentes nacionalistas que ha tenido Cataluña en democracia.

Con los documentos incautados en las últimas redadas a empresarios y funcionarios públicos de la Generalitat podremos conocer en las próximas semanas detalles que terminarán con la carrera política de Artur Mas. Es casi metafísicamente imposible que la CUP, anticapitalista y antisistema que ha tenido la bandera de lucha contra la corrupción como eje de sus resultados electorales, conceda la investidura a Artur Mas. Y no creo que sea posible una candidatura independentista unitaria el 20-D porque la contaminación de la corrupción de Convergencia no puede obviarse ni con la bandera del patriotismo de billetera.

España está paralizada por demasiadas incertidumbres. El 20-D cambiará el modelo político español donde se acaba el bipartidismo y será complicado construir mayorías de gobierno.

En política, demasiado tiempo es peor que tiempo escaso. Porque las cartas ya están echadas y se pueden recalentar en esta espera de dos meses.

Nadie se atreve a hacer un vaticinio pero hay algunas evidencias. Mariano Rajoy, sin carisma, con el partido deprimido y sin tiempos para cambios, tiene muy complicada la recuperación de votos que le permita un resultado aceptable. El fantasma del desastre le sigue de cerca.

Las apuestas más interesantes circulan alrededor del tirón final de Albert Rivera y si es capaz del sorpasso que le permita la hegemonía del centro político.

Pedro Sánchez sigue en liderazgo vigilado. Si no puede formar gobierno, será el secretario general que menos tiempo ha ocupado su cargo.

En cuanto a Podemos, tiene el estigma de estar pasado de moda. Ya no vende la coleta y la camisa de cuadros. Y el personaje irrita cuando aparece en la televisión que le dio la vida.

Tenemos que tener paciencia. Dos meses son largos, pero no nos queda otra que esperar.

Irene Lozano y el suave aroma de los paracaidistas independientes.

El PSOE ya ha experimentado la tentación de los independientes, o “caballos blancos”, como se llamaron en la época de Zapatero. Hubo un tiempo en que era casi más fácil ser candidato si se era independiente que si se era sacrificado militante del partido. Quién no se acuerda de la operación de regeneración del partido que hicieron Felipe González y José Bono con el juez Baltasar Garzón. Nada menos que número dos de la lista electoral del PSOE por Madrid. Justo después del mismísimo Felipe González.

Creo que no hace falta como salio la entrada y salida de Garzón por la puerta giratoria del partido a la judicatura. Volvió, sacó los papeles a punto de prescribir de su despacho de la Audiencia Nacional, y estuvo a punto de meter en la cárcel al mismísimo presidente. Lo consiguió con Barrionuevo y Vera. Y a muchos no les pareció aquello una venganza o una revancha. Vivir para ver.

Irene Lozano ha conseguido en la lotería electoral del PSOE el número cuatro de Madrid. Y ha sido modesta en la explicación de su travestismo político: “Mi llegada demuestra el compromiso de Pedro Sánchez con la regeneración”. ¡Casi nada”. Por lo menos sabemos que tiene un alto concepto de sí misma.

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La fiesta nacional y la exaltación de los acomplejados

Los españoles estamos acomplejados por nuestra propia historia. No hemos sido capaces de superar un pasado en el que nosotros mismos hemos sido nuestro enemigo, ausentes de un enemigo exterior.

Las últimas guerras han sido civiles. Incluyo la guerra de Cuba: éramos y seguimos siendo hermanos. Después de los fracasos estrepitosos de las refriegas de África, la memoria abrumadora, dramática e insuperable ha sido la guerra civil española y la dictadura cruel del general Franco. Consiguieron que nos creyéramos que España era solo suya. Que el Nodo era nuestro vergonzoso Nodo.

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Cuando era niño pensaba que los rojos eran extranjeros, porque en mi casa, los españoles eran solo los nacionales. Llegó la transición y los españoles seguían siendo ellos, los hijos del régimen. La escapada utilitarista y cómoda de la izquierda fue conformarse a no tener España como patria y regalársela a los conservadores, hasta hace dos días nacionales. Y, en vez de arrebatársela para hacerla de todos, nos inventamos patrias locales, que luego se fortalecieron como finca y aposento de las élites autonómicas. Diecisiete banderas para no tener una. Y justificar muchos coches oficiales.

 

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