Carlos Carnicero

Lecciones escocesas, sin acritud

El referéndum escocés fue un seísmo que sacudió Europa, y especialmente España. Finalmente, la continuidad de Escocia en el Reino Unido ha tranquilizado a los inquietos mercados, alivió a todos los gobernantes de los países de la Unión Europea y ha establecido un marco relativamente estable en Gran Bretaña, condicionado al desarrollo autonómico prometido in extremis por los lideres políticos para parar la desafección. Ahora hay que ver las resistencias que aparecen en el Parlamento de Londres para cumplir lo comprometido.

En España, el resultado influye indirectamente en la pretensión soberanista planteada en Cataluña, pero no la desarticula. Y la autonomía será la moda de temporada en los países de la Unión Europea donde existen contenciosos pendientes y latentes. Pero los comportamientos de la clase dirigente británica serán un espejo donde se tendrán que ver reflejados todos los actores del proceso catalán.

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Hay lecciones que no podemos evitar porque pueden ser de gran utilidad para el futuro.

La primera es que la soberbia de David Cameron, aceptando el envite soberanista cuando desde Escocia se planteó la alternativa del referéndum  de independencia o ampliación de sus competencias, fue un inmenso error del primer ministro. Entonces las encuestas daban claramente ganadora a la alternativa de rechazo a la independencia. Luego, las cosas cambiaron. Y presos del pánico, se produjo la gira escocesa de los líderes británicos con promesas de última hora.

Merece la pena resaltar el papel jugado en esa campaña por el ex primer ministro Gondon Brown. Su discurso, basado en el patriotismo escocés de quienes querían permanecer en el Reino Unido, fue definitivo. Ya no hubo equívocos y se estableció claramente que tan patriotas escoceses eran los que querían separarse como los que querían permanecer. Nadie podrá monopolizar la identidad escocesa en función de la pretensión de independencia. Hubo respeto en el debate, con las tensiones propias de una campaña política, pero la ausencia de la pretensión monopolizadora del patriotismo enfrió la crispación.

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Cataluña y Escocia en un mundo convulso

Durante toda el fin de semana leo la prensa con detenimiento, haciendo un balance instantáneo de las impresiones que me producen las noticias, las opiniones y los medios de comunicación. Intento encontrar dosis de pasión renovada en este oficio que me ha dado todo en mi vida. Observo mucho más de lo mismo en la política española; la crisis catalana es una suerte de rosca sin fin en la que se repiten proclamas, se renuevan  amenazas y no aparece ningún signo que escenifique intenciones de acuerdo. Pero lo sorprendente es la falta de claridad y los camuflajes en el lenguaje. Y el asunto es, o debiera ser claro. ¿Existe marco legal para celebrar un referéndum? ¿Hay intención en los partidarios de la secesión en tratar de modificar las leyes para que su proceso sea legítimo y legal? ¿Hay tanta gente en Cataluña que está dispuesta a saltarse la ley, burlarse de la legitimidad y destrozar el entramado de la primera democracia estable que ha existido en España a lo largo de toda su historia?

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La razón y la emoción son dos caballos que tiran del carro en direcciones opuestas y acabarán descoyuntando este país. Hay muchos intereses no confesados. Los medios de comunicación radicados en Cataluña muestran un poco disimulado entusiasmo en el proceso secesionista, tal vez porque en Cataluña ahora sea muy difícil posicionarse contra la corriente dominante. El carácter del intelectual se demuestra cuando hay que oponerse a los sectores mayoritarios y dejar a un lado razones de oportunidad y conveniencia para dar paso a lo que dicta la razón y el entendimiento.

La sombra de Escocia llega de lleno a Cataluña. Poco tiene que ver que las realidades históricas y políticas sean tan diferentes. La primera y esencial, que el referéndum en Escocia es legal. Las demás, con ser importantes importan menos.

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Agosto discurre en silencio mientras Israel destruye Gaza

Cada día, al amanecer, inspecciono la prensa sin esperanza de encontrar otra cosa que más de lo mismo. Agosto comienza su trabajo anestésico y los ciudadanos del hemisferio norte buscan las playas y los ríos para huir de este calor infernal que el cambio climático se empeña en profundizar.

Las redacciones se vacían; quedan de guardia los que menos antigüedad tienen si es que algunos tienen antigüedad. Los kioscos de prensa cierran por una falta más acentuada de los pocos lectores que quedan de la prensa de papel. Más de lo mismo: Israel profundiza su ofensiva en una Gaza que es ya un remake del Ghetto de Varsovia.  La indiferencia mundial es la misma frente al exterminio de los judíos en Varsovia y en toda Europa que la que Israel lleva a cabo en Palestina. Bueno, hay diferencias importantes, pero también semejanzas dramáticas.

El odio a los judíos animado por las convicciones racistas del III Reich tenía un tecnología de exterminio, aparentemente encubierta, cuyo destino era la “solución final”, la eliminación de toda la población judía. Racismo en estado puro y extremo. Probablemente la peor barbarie de la historia.  Los judíos, para Hitler no eran personas; los palestinos, para Israel, tampoco lo son.

Del Ghetto de Varsovia no se podía salir. No había alimentos ni medicinas. No había otra esperanza que esperar el traslado en trenes de ganado a los campos de la muerte.

En Gaza no hay medicinas ni alimentos. No se respeta a la población civil y las acciones del ejército de Israel, uno de los más poderosos del mundo, que cuenta con el respaldo incondicional de Estados Unidos, ataca escuelas, centros protegidos por la ONU, y cualquier objetivo civil. Los niños mueren por centenares. No hay piedad.

La insurrección de los judíos del Ghetto de Varsovia tuvo y tiene toda la legitimidad ética. Cualquier cosa que hubieran hecho en su lucha por la dignidad y la supervivencia hubiera tenido legitimación y justificación ante la historia. Sin embargo no mataban alemanes civiles ni niños. Aquellos judíos heroicos luchaban para sobrevivir pero no cometían desmanes contra inocentes.

Antes y durante la II Guerra mundial, los judíos, su exterminio, no fue nunca invocado como una de las razones de occidente en su guerra con Alemania. Hay testimonios históricos de que el Vaticano conocía con detalle el exterminio judío. No hubo reacción de la Iglesia Católica ni siquiera retórica. Los ciudadanos de la propia Alemania asistieron a la progresión de la persecución judía con pasividad o complicidad. No hubo, ni siquiera, conatos de piedad.

La poca resistencia interna contra Hitler no tuvo un ápice de motivación en el apoyo a la población judía.

Ahora pasan algunas cosas que tienen mucha semejanza, con el sarcasmo de la historia de que las víctimas son ahora verdugos. Quizá se juzgue esto como una hipérbole, pero con las diferencias de esencia, motivación y tiempo histórico, las semejanzas son irresistibles.

El mundo árabe, dividido, cierra los ojos ante la masacre del pueblo palestino. Ellos, los palestinos, son los judíos del mundo árabe, a los que nadie tiene cariño, respeto o consideración. Estados Unidos bloquea cualquier resolución que pueda contradecir los deseos de Israel, quien incumple sistemáticamente todas las resoluciones de la Asamblea General.

Claro que Hamas es un movimiento de provocación que crece con sus propios desmanes.  ETA era un movimiento terrorista en España que puso en riesgo la pervivencia de la democracia en este país. Y el GAL y los crímenes de estado fueron juzgados y sancionados como crímenes y abusos de poder, en coherencia con el principio de la proporcionalidad en la defensa de la ley y con el de que los fines no justifican los medios.

Mañana me despertaré con una nueva cifra de asesinados por el Estado de Israel en su inútil, cruel e ilegal ofensiva de Gaza. Me encontraré con los mismos silencios cómplices de los organismos internacionales, de la Unión Europea y de los partidos políticos españoles. Con la indiferencia de los ciudadanos del mundo, que desde un sustrato racista tienen sumido en el subconsciente que los palestinos no se acercan ni de lejos a los derechos de los ciudadanos de los países desarrollados. Los palestinos de hoy, como los judíos de ayer, no tienen quien se interese por ellos. En eso, la historia, de la forma más cruel, ha unido por los lazos de sangre del racismo a dos pueblos, el palestino y el judío, con el cambio de roles insoportable que ha convertido a las víctimas de ayer en los verdugos de hoy.

Cierro la prensa de la mañana sumido en una profunda indignación y tristeza, sobre todo al observar el silencio y la complicidad de muchos intelectuales judíos que han tenido mi respeto hasta que la cobardía o algo peor les ha hecho asumir el rol de los verdugos que tanto repudiaban.

 

PD: El embajador de Israel en España, Hamutal Rogel, ha cargado contra Yolanda Álvarez corresponsal de TVE, en Israel, no solo interfiriendo su trabajo de informar sobre la ofensiva de ese país en Gaza, sino provocando que la dirección de TVE desplace a la corresponsal a Jerusalén, donde solo tenga la propaganda oficial. Quien informa con mínima objetividad sufre las represalias de ese poderoso estado que es Israel.

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Apuntes a vuelapluma

Felipe no cree que Pujol sea corrupto

El ex presidente de Gobierno no se prodiga en declaraciones. Guarda una prudente distancia, vigilando la política española y lo que ocurre en el mundo. Y cuando se expresa tiene mucha sustancia entre sus líneas. No da puntada sin hilo. Y se le nota su compromiso intelectual porque no suele actuar con razones de conveniencia personal. Le ocurre como a mí: le duele que la trayectoria y el prestigio de Jordi Pujol, sin el que no se podría entender la transición ni la política española, se haya desguazado. Ocurre muchas veces en la historia. Es casi imposible disociar la labor institucional o artística de grandes personalidades de sus comportamientos personales, cuando estos son reprobables. Bien es cierto que en un político u hombre de estado, la ejemplaridad de sus comportamientos personales es inseparable de su obra. Y también, que la corrupción o el fraude se lleva por delante los méritos en la gestión pública porque agujerean la línea de flotación de la credibilidad.

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Aunque González no lo explicite tanto como yo, afirma que Jordi Pujol está protegiendo a sus hijos –que llevan tiempo en la sospecha de corrupción- utilizando su prestigio personal como escudo para ellos. Es posible que una familia unida y tradicional como los Pujol Ferrusola lleve implícito el marchamo de unidad y protección de sus miembros. Y si las responsabilidades de los hijos, uno de ellos hasta hace unas semanas dirigente de CiU, tienen cotas penales, exculparles puede situarse por encima de la propia conveniencia del ex president. Cuando Felipe González afirma que no cree que Jordi Pujol sea corrupto, está instalando la causa en un tema familiar, lo que no se si es suficiente, y creo que no, para tratar de salvar el prestigio del padre del nuevo nacionalismo catalán.

La segunda reflexión de Felipe González tiene que ver con la utilización política del caso Pujol. Sostiene el presidente que una sobreactuación en el repudio del comportamiento de Pujol, jugando la baza de desgaste del nacionalismo catalán, puede ser un boomerang que envuelva esta causa, como muchas otras, no de tanta envergadura, en un ataque interesado desde España al proceso soberanista. Y entonces aparecerá el victimismo como una contante táctica de los nacionalismo.

La sobreactuación destruyen las buenas interpretaciones en el teatro y en el cine.  Y también en la política. Entonar el papel asignado en una obra es un meticuloso equilibrio que busca que el actor no arruine a su personaje por exageración. Sobreactuar es el mal de algunos destacados actores españoles, aficionados a la hipérbole en el diseño de sus personajes. Siempre he sido partidario de la microcirugía en el tratamiento de los temas políticos delicados. Diseccionar el tejido dañado sin dañar el resto del organismo. Hay que condenar a Pujol sin añadir regocijo, porque es una tragedia también para nosotros.

La confesión de las cuentas ocultas de Pujol es una desventura para la democracia española. Pero sus consecuencias, muchas de ellas, son inevitables. Se ha caído un mito y no habrá quien lo levante. Sin embargo, creo que tiene que haber sentimiento en la recriminación de esa conducta. Condenarla con dolor, sopesando lo que todos perdemos como consecuencia del comportamiento del ex president. Sin hacer más leña del árbol caído que la que sea imprescindible. En esta España de leñadores del error ajeno, no va a ser fácil.

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El duro otoño que ya ha llegado

Captura de pantalla 2014-08-31 a la(s) 13.47.41Algunos creyeron que el cambio de dígitos del calendario para inaugurar el milenio escenificaba una permuta automático de época, una era nueva. Las grandes mutaciones de la historia no amanecen de repente. Son procesos en donde fermentan las causas que promueven las grandes transformaciones para constituirse en escenarios innovados, donde la vida cambia radicalmente sus paradigmas económicos, culturales y sociales.
En 2008, los Juegos Olímpicos de Pekín y la crisis de Leman Brothers dieron el primer aldabonazo de la nueva era que está terminando con nuestras certezas. La caída de las Torres Gemelas escenificó las nuevas amenazas después del final de la Guerra Fría. Probablemente, la crisis de Ucrania y la aparición del nuevo yihadismo en Irak y Siria son el siguiente aviso de un mundo más inestable.

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Estados Unidos y Occidente se equivocan con el Islamismo radical.

Es muy difícil encontrar una democracia asimilable a la nuestra en los países de mayoría musulmana. Sonreímos esperanzados ante los pequeños avances de Marruecos que tiene un rey cercano a la naturaleza de un dios. Túnez y Mauritania disfrutaron de una primavera política de la que no hemos vuelto a tener noticias esperanzadoras. Libia es un caso aparte. Estaba dirigido por un sátrapa con grandes amigos en occidente. ¡Que hermoso ejemplar de caballo árabe le regaló a José María Aznar! Nicolás Zarkozy estuvo muy cerca del caudillo árabe. Al igual que los servicios de inteligencia franceses. Casi todos los políticos occidentales no tenían escrúpulos en los tratos o la amistad del dictador libio. Y de repente, apareció una guerrilla interna y occidente decidió que había que acabar con aquel sátrapa que, sin embargo, había sido, hasta entonces, un muro práctico para detener el islamismo radical. ¿Los servicios de inteligencia europeos y norteamericanos no sabían lo que venía después? ¿Tenían miedo algunos políticos de lo que podía revelar Muhammad el Gadafi, que fue asesinado por una turba salvaje en plena calle?

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Libia es ahora un estado fallido, gobernado por cabilas o tribus que se reparten el territorio.  Las empresas petroleras internacionales pagan la seguridad de sus instalaciones a la tribu dominante donde se encuentran sus pozos. En medio, la Yihad tiene ahora en Libia un centro de reclutamiento de combatientes que provienen de España, Reino Unido, Francia y otros lugares europeos. Y naturalmente de Marruecos y otros países musulmanes del norte de África. Desde Libia han sido sistemáticamente enviados a luchar contra el régimen de Siria y ahora se han expandido al norte de Irak para constituir el Califato que siembra el terror allá donde avanza y es el verdadero problema de Barak Obama.

Se habla poco de Egipto y de la dictadura militar que derrocó el gobierno islamista que ganó limpiamente las elecciones. Las detenciones, ejecuciones y torturas de quienes se oponen al poder militar encuentran poco eco en los diarios occidentales. La persecución de las organizaciones cercanas a los Hermanos Musulmanes predicen una radicalización islamista y la aparición de organizaciones cercanas a Al Qaeda.

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