Crisis de la izquierda o agotamiento del modelo social
La palabra “sistémica” se añadió hace poco tiempo al vocabulario de la politología. En general se refiere a lo que afecta a la totalidad de un organismo o a un sistema. El vocablo se ha puesto de moda para evidenciar la concatenación de efecto dominó que arrancó con la crisis financiera de carácter especulativo y que ha terminado por contaminar a la economía productiva motivando un recorte de derechos sociales, e incluso fundamentales, en las sociedad. Y no es una crisis económica ni siquiera en su acepción más amplia: es una crisis social que afecta a un modo de vida que probablemente nunca tendrá los parámetros que había alcanzado en la sociedad del bienestar.
Naturalmente, como ha ocurrido a lo largo de la historia, excepto en las pandemias anteriores a los espectaculares avances de la medicina y a partir de la aparición del algodón – John K. Galbraith introduce uno de sus libros más famosos: La Riqueza y la Pobreza de las Naciones, con la anécdota de lo que significó el uso del algodón en la ropa interior para las enfermedades infecciosas de la piel- y los descubrimientos sanitarios de finales del XIX, la crisis afecta de diferente manera según la extracción social de los ciudadanos, su pertenencia a las élites ejecutivas que han sustituido la administración de la propiedad.
Los asalariados están en el pico de la piragua, que es una expresión cubana que refleja mejor que ninguna otra la inestabilidad. Y los recortes que el sistema económico gobernado por quienes provocaron la crisis, amenaza con no tener final: nadie garantiza el nivel de sacrificios sociales necesarios para dar por finalizado este periodo de crisis sistémica.
En paralelo empieza a cundir el pánico entre los intelectuales de izquierda que no encuentras fórmulas de recambio para los proyectos políticos que terminaron su vigencia con la caída del muro de Berlín.
Los partidos conservadores han avanzado como una mancha de aceite por toda la Europa Occidental. El breve paréntesis del control de Barack Obama y del Partido Demócrata en las dos cámaras ha terminado con la contaminación del Tea Party en el Congreso. Para colmo de males, la economía modélica de crecimiento en el mundo, la China, se soporta en un sistema político autoritario que desconoce la existencia de derechos laborales. En el universo chino la productividad radica en la miseria salarial y en la ausencia de cualquier derecho fundamental de los trabajadores.
España, Portugal y Grecia –que junto a Estonia son los únicos países gobernados por partidos socialdemócratas- han tirado la toalla de sus principios por el acoso de los mercados y de los partidos conservadores que son quienes les permiten esos abusos y los propician.
En España las encuestas son demoledoras para el PSOE y el PP, con su agenda oculta, su connivencia con la corrupción amenaza con que las próximas elecciones sean un paseo militar para ellos.
Los sindicatos se encuentran acosados y desbordados. Y la sociedad, que en un porcentaje importante puede estar escandalizada con la naturaleza de esta crisis, está catártica, deprimida y atemorizada.
Es hora de exigir respuestas desde la izquierda y sólo una profunda rebelión social puede forzar los mecanismos para ponerla en marcha. Hoy lunes nos levantamos pendientes de saber si el acoso de los mercados motivará la necesidad de intervención directa en Portugal. Y eso nos afectara otra vez directamente a los españoles. Y la única pregunta interesante que queda sin responderse es cual es el límite de resignación y de pérdida de derechos al que estamos dispuestos a asistir como sociedad en un universo de enormes desigualdades.
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