Ángela Mérkel y el imperio Carolingio
La Canciller de Alemania, Ángela Mérkel, ya no oferta disimulos. Ha venido a España en misión de supervisora de los deberes que había encomendado al gobierno socialista desde su puesto de mando en Berlín. Hace tiempo que Alemania ha renunciado a ser la locomotora de Europa, pero tampoco ha asumido un liderazgo para homologar legislaciones fiscales y laborales, para empujar una política exterior y de defensa común. El tratado de Lisboa, que era la gran esperanza para el impulso de la Unión Europea, está enfriando los ánimos de los europeos hacia el proyecto común porque el sálvese quien pueda y apretar los clavos de los que menos tienen se ha convertido en la norma fundamental de la Europa liderara por la señora Mérkel.
No hay estupidez que más me irrite que la de que hemos vivido unos años por encima de nuestras posibilidades. Salvo que ese plural sea mayestático y aplicado a una clase dirigente de la economía con sueldos escandalosos: a constructores y banqueros que han sido al final los grandes beneficiarios de los fondos de homologación europeos.
Parece que ha pasado un siglo desde la primera reunión del G-20 a la que fue invitado por primera vez José Luis Rodríguez Zapatero. Entonces todavía se hablaba de la responsabilidad de los bancos, de los banqueros y de los bancarios en la crisis. Se hablaba de la forma en la que la política debería recuperar el control de la economía. Se hablaba de cómo salvar al sistema financiero, pero para reformarlo y que no pudiera volver a pasar lo ocurrido: que los abusos de unos pocos pusieran en peligro la economía mundial
Alemania se ha desentendido del papel histórico que había venido realizando en la formación de la Unión Europea. Sencillamente se ha constituido en defensora de la ortodoxia económica liberal con mando en plazo de los países más débiles. Y los demás, a desfilar en silencio. ¿Podíamos haber hecho un plan de ajuste a más largo plazo? Ni siquiera lo hemos intentado. Quien no supo ver la crisis hasta que le pasó por encima como una locomotora está orgulloso de lo que está haciendo en la mejor ortodoxia liberal. Y la presumible jugada de cargar él con las culpas, como un moderno Jesucristo, para salvar a los socialistas redimidos por Alfredo Pérez Rubalcaba empieza a ser un chiste pesado y recurrente.
El siguiente paso de la señora Mérkel, como emperadora del nuevo sacro imperio carolingio, una vez conseguidas sus metas de que España realice una reforma laboral que fundamentalmente abarata el despido y hasta la fecha no ha creado un solo puesto de trabajo, que se congelen las pensiones y se baje el sueldo de los funcionarios, ha sido el turno de la reforma de las pensiones. Naturalmente no se habla del importe de la pensión mínima y de la pensión máxima que hay en Alemania. Ni de los salarios mínimos en los distintos países de la UE. Algunas aclaraciones que no hace el presidente del Gobierno cuando vuelve a insistir en que España está al nivel de Francia y Alemania.
Luxemburgo encabeza el salario mínimo con 1642 Euros al mes. Seguido de Irlanda (1.462 euros), Bélgica (1.387 euros), Holanda (1.382 euros), Francia (1.321 euros) y Reino Unido (1.010 euros). España está justo detrás de Grecia (681) y España (633). Es verdad que por debajo está Portugal (497) Euros y el cola Bulgaria con 112 Euros.
Después de unos años en que los crecimientos de los beneficios empresariales han sido exponenciales. Y empresas como constructoras y bancos han batido récords cada trimestre, la pregunta es por qué no se reflejado esa realidad en los salarios más bajos y en la precariedad laboral.
Para ponerlo en cifras comparativas gráficas. La señora que trabaja en el aeropuerto Charles De Gaulle en París gana por lo menos 1321 euros al mes. La que trabaja en el aeropuerto de Barajas normalmente gana el salario mínimo español, es decir, 633 Euros al mes. Y nadie será capaz de demostrar que la cesta de la compra en París es más cara ahora mismo que en Madrid. ¿Jugamos a homologarnos en algo más que en los bonus y en los beneficios de los altos ejecutivos?
El Gobierno no quiere cambiar la ley hipotecaria para homologarla con la mayoría de los países en los que la deuda queda extinguida con la entrega de la vivienda. Aquí hay que pagar el diferencial con la tasación para el embargo. Muchas veces una diferencia de hasta el cincuenta por ciento menos. Y la vicepresidente Salgado, ante una sentencia en el sentido europeo de la interpretación de la responsabilidad de las hipotecas, se ha vuelto alinear con los bancos.
¿Cuanta gana el presidente de Caja Madrid, Rodrigo Rato, que dejó a medias su trabajo en el Fondo Monetario Internacional y se ha hecho cargo de Caja Madrid para privatizarla? ¿Cuánto ganaba Miguel Blesa que ha dejado la entidad hecha unos zorros y que se compró un coche blindado de más de ochenta millones de las antiguas pesetas para su uso corporativo?
Ahora llega el turno a otra orden de la señora Mérkel en su visita de inspección a España: ligar los salarios a los beneficios empresariales. Época en que estos están por los suelos, claro.
Los sindicatos hacen lo que pueden después del fracaso de la huelga general. Es difícil tener dudas de que el programa oculto del PP será más drástico todavía. ¿Pero eso es ya un argumento suficiente para la movilización de los electores del PSOE? Ni un solo guiño a los más favorecidos; todos los beneficios para los poderosos.
Habría que pedirle a la señora Salgado un informe sobre los salarios y las pensiones mínimas en la Europa con la que se nos quiere comparar y también sobre los salarios de los ejecutivos de las grandes compañías en toda Europa.
El PSOE está haciendo encomiablemente los deberes que le corresponderían al PP y los conservadores europeos no pueden simular su satisfacción al comprobar que el Partido Socialista Obrero Español que dirigen José Luis Rodríguez Zapatero, Alfredo Pérez Rubalcaba y José Blanco han abrazado con entusiasmo las doctrinas neoliberales. Sin necesidad de ofertar disimulos. Así, a cuerpo limpio. En línea con las tesis de mi admirado Enric Giuliana en sus artículos de La Vanguardia, no debe falta mucho para que Berlín nombre un procónsul en Hispania.
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