Nosotros, “los traidores”.(I) ¿Por qué criticar al PSOE me convierte en “un traidor”?
Este exordio está escrito sin permiso de los holigans de Rubalcaba. Es un desahogo intelectual que no lleva implícita la obligación de leerlo ni mucho menos estar conforme con él. Me siento cómodo con mi modesta posición en el mundo. Y el sentimiento de soledad acrecienta mi pretensión de que no estoy descaminado.
Hay algo parecido a una campaña, en la que diversas personas pretenden que el rencor es motor de mis posicionamientos políticos. Lo más bonito que me llaman es traidor, facha, chaquetero. Se fijan en si asisto a Telemadrid. No dicen nada de los monaguillos del PSOE como Ignacio Escolar o diputados socialistas regionales de Madrid que van o han ido a Intereconomía. Los incondicionales de ZP y ahora de Rubalcaba tiene bula, porque el halago se recibe bien desde los sitios más dudosos o abyectos.
Si uno está en la obediencia debida al partido al que se le supone adhesión, todo está permitido. Si uno es un espíritu independiente, te dan hasta en el carné de identidad por la izquierda y por la derecha. Los dos polos del fanatismo son linchadores de los discrepantes. España reclama siempre adhesión sin fisuras e incondicionalidad. Navegar solo es un privilegio de los elegidos que tienen coraje para enfrentar las tormentas sin refugiarse en el grupo.
El grupo, la masa, encubre las debilidades y da sensación de fortaleza. La soledad del pensamiento intelectual requiere la valentía para soportar incomprensiones, insultos y desafíos. Lo siento por los que esperen otra cosa: a mi me gusta la soledad en el pensamiento, siempre me ha gustado. Y navegar contra corriente, incluso en los naufragios. Hoy estamos en un naufragio total de la izquierda política. Y frente a los naufragios hace falta el coraje de denunciar incluso la torpeza del capitán y de los oficiales de a bordo.
La primera observación, a quienes así se manifiestan, es obvia:
Si el resentimiento es el motor de mi forma de actuar ahora, al criticar al PSOE, antes, cuando coincidía con los planteamientos del socialismo español, debía ser porque estaba agradecido. ¿Significa eso que se descarta el desinterés y la autonomía de pensamiento como motor de las posiciones intelectuales? ¿Todo el mundo actúa por interés personal? ¿O sólo se aplica la tecnología de la sospecha a quienes se atreven a discrepar?
La soledad del pensamiento intelectual requiere la valentía para soportar incomprensiones, insultos y desafíos. Lo siento por los que esperen otra cosa: a mi me gusta la soledad en el pensamiento, siempre me ha gustado. Y navegar contra corriente, incluso en los naufragios.
A los que me acusan de facha y de chaquetero les reto a que muestren un escrito mío de apoyo al PP. Podría, y sería legítimo, hacerlo. Pero no lo he hecho porque discrepo radicalmente del pensamiento conservador de ese partido. Pero lo respeto y lo hago también con todos sus electores. La demonización, tan española, del adversario es un callejón sin salida hacia el pensamiento autoritario de la exclusión.
Sembrar la sospecha sobre el interés de las posiciones diferentes a las de cada quien es algo muy español: quienes así opinan tienen varios problemas.
No es el menor tener que aplicar los criterios corolarios; si critican posiciones soportadas en la sospecha de rencor, deberán considerar que los que aplauden estarán agradecidos. Entonces, la subjetividad toma carta de naturaleza: si las posiciones se identifican con las de los míos, son respetables; si los critican es porque tienen rencor e intereses ocultos para hacerlo.
Todo esto es tan leve y superficial como la mayoría de las cosas de los tiempos que nos han tocado vivir. No he cambiado mi forma de pensar: este PSOE no es para nada el mismo con el que yo me identifiqué.
Naturalmente no me quejo; sencillamente me gusta entrar al trapo y asumo las consecuencias de mis actos. Me gusta provocar y aceptar las provocaciones que me hacen. Eso me mantiene relativamente joven.
No me entusiasma que me descalifiquen, pero la consideración –a mi modo de ver absolutamente injustificada- de que soy un “traidor” a lo que he sido, me envalentona para remarcar mi diferencia con los colaboracionistas profesionales del poder.
Sencillamente me gusta entrar al trapo y asumo las consecuencias de mis actos. Me gusta provocar y aceptar las provocaciones que me hacen. Eso me mantiene relativamente joven.
El PSOE ha sido poder y sigue siendo poder en España. A su abrigo, a sus pechos, hay periodistas que han ganado mucho dinero, que se han situado en puestos importantes y que tienen presencia en múltiples tribunas. En toda época el poder ha tenido cortesanos. Para una parte de la izquierda de este país era más importante criticar a la oposición que al poder. La “derecha maldita” tenía que ser estigmatizada a costa de evitar cualquier censura a quien tenía la responsabilidad de gobernar. Y lo que se establecía era que marcar la acción de gobierno favorecía a esa derecha maldita.
Todo para evitar la realidad: los responsables del crecimiento de la derecha son José Luis Rodríguez Zapatero, Alfredo Pérez Rubalcaba y quienes les han acompañado en el desguace del socialismo español. Pero claro, cargar las culpas sobre el observador es más fácil y más rentable que hacerlo sobre los protagonistas de la catástrofe.
Estoy sometido a la crítica por exigencias de mi oficio: soy analista político, periodista, llevo toda mi vida adulta haciendo circular la palabra. Me encanta nadar contra la corriente porque creo que el compromiso intelectual obliga a prescindir de razones de oportunidad y beneficio a la hora de expresar las ideas propias.
Arriesgarse a pensar diferente de lo que los demás esperan de ti tiene el sabor de la soledad, que en el pensamiento es un síntoma de rebeldía. No me conformo con el mundo que me ha tocado vivir. No me rindo ante la idea de que los cambios son imposibles. La indignación es un motor del pensamiento siempre que tenga como consecuencia el compromiso.
Estoy sometido a la crítica por exigencias de mi oficio: soy analista político, periodista, llevo toda mi vida adulta haciendo circular la palabra. Me encanta nadar contra la corriente porque creo que el compromiso intelectual obliga a prescindir de razones de oportunidad y beneficio a la hora de expresar las ideas propias.
No estoy sujeto a ninguna disciplina distinta de la mesura en la emisión de mis juicios y a mi forma de entender la vida. He sido feliz ejerciendo mi profesión con lo que yo entiendo que es autonomía de pensamiento. No voy a renunciar a mi forma de ser para buscar aplausos fáciles. He llegado al punto en que cambiar mis compromisos sería no solo una traición de verdad, sino sobre todo una enorme estupidez. En líneas generales, estoy conforme con lo que soy y siempre abierto a seguir aprendiendo. Lo siento, he aprendido a vivir así. El periodismo es mi pasión y entiendo el compromiso intelectual como irrenunciable. Me siento cómodo siendo considerado un traidor por tanto tiralevitas. (Continuará)

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