Política y sociedad civil. ¿Quiénes son los dueños de los partidos?
¿Son los partidos propiedad de sus dirigentes o de sus militante? La crisis sistémica que padecemos debiera facilitar las transformaciones que son imprescindibles para la salvación de la democracia. En el extremo sur de la crisis está el miedo; el último paso es el autoritarismo y el regreso a formas de fascismo en manos de los mercados. No es imposible que suceda. #dependenosotros.
Suenan voces que reclaman que quienes no pertenecemos a los partidos no nos inmiscuyamos en sus problemas. Sobre todo cuando los partidos están en situación de crisis.
Primera pregunta, ¿no quieren que opinemos para que quienes manejan los hilos de la organización no tengan presiones externas y así poder continuar con sus comportamientos oligárquicos?
Es falso que los partidos sean propiedad de sus dirigentes y aún de sus militantes. La esencia del partido es la influencia en la sociedad civil; si reclaman su autismo serán autistas. Si su razón de ser es el desarrollo de sus proyectos –o según otros teóricos, el alcance del poder- a través del voto de los ciudadanos, la línea divisoria entre militantes, simpatizantes y votantes es cada vez más difusa. Y si quisieran a sus partidos y no quiseran solo controlarlos, se abrirían a la sociedad.
Cuando quieren aparentar apertura incorporan a independientes en sus gobiernos. ¿Independientes o dependientes de quien los nombra?
Una organización poderosa es la que potencia la autocrítica y permite el disenso: de la dialéctica sale la luz; de la unanimidad impuesta, las tinieblas. Se ordena mejor en la oscuridad porque quienes no ven tienden a tener miedo y a obedecer.
Como la mayoría de los dirigentes son personas de cierta edad y/o de comportamientos obsoletos, les cuesta entender conceptos como gobierno abierto, democracia 2.0, o influencia de redes sociales.
Ya nada es lo mismo que cuando los grupos mediáticos tenían el control de la información: ahora existe todo un mundo en crecimiento donde la información no puede ser secuestrada. El poder de los grandes medios de comunicación está en declive; sus servidumbres económicas y políticas terminarán por sepultarlos porque no están teniendo la inteligencia de ejercer independencia en sus comportamientos. Sus servidumbres les atenazan.
Ni Rajoy ni Rubalcaba son dueños de sus partidos, aunque lo parezca; son solo administradores vicarios de unos proyectos que necesariamente son mutantes y que deben ser recuperados por los ciudadanos y que los formulen para hacer posible identificarse con ellos.
No es casual el avance de los poderes financieros machacando las defensas de la política. Porque la desafección hacia los partidos es el caballo de Troya de la economía para perforar las sociedades civiles que no tienen instrumentos para ejercer su soberanía.
El PP ahora está eufórico; el PSOE deprimido. El uno invoca su fortaleza para materializar sus deseos sin reconocer que muchos votantes no le han dado carta blanca para aplicar medidas que no han sido explicadas. Los ciudadanos no han dado un mandato abierto. Y el bisturí de corrección serán las próximas elecciones generales: si los españoles se sienten defraudados, abandonarán al PP como ahora han abandonado al PSOE.
La política tiene que cambiar de paradigma. La primera condición es que los partidos permitan la permeabilidad de la sociedad hacia ellos: quienes reclaman soberanía interior en los partidos las más de las veces quieren impunidad para sus dictados.
Es hora de cambios y transformaciones. Yo insisto más en la catarsis del PSOE por interés: tengo el corazón presionando a toda máquina en la izquierda de mi pecho. Y no quiero que la soberbia de unos iluminados en la dirección del PSOE arruine el futuro de la izquierda en España. Porque los partidos son de todos nosotros.

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