Exiliados (felices) en el delta del Paraná
Crónicas de otros mundos (porteñas III).
Hay otro mundo y solo se encuentra a hora y media del centro de la ciudad de Buenos Aires. Acceder es sencillo: se toma el tren en la estación de Barrancas de Belgrano hasta la ciudad de Tigre y luego hay que buscar una de las lanchas colectivas que recorre los ríos del Delta.
La lancha ronronea por el río; manejada por su capitán con una destreza increible, se adosa a la orilla siempre que un pasajero lo demanda. Es un ómnibus acuático que se detiene a voluntad de los viajeros. El río se angosta pero se puede navegar seguro. Desde la orilla, una familia reclama la atención del capitán para incorporarse al trayecto. Su perra se queda atrás y ladra para acompañar a sus dueños. Se queda sola.
Optimismo antropológico con compromiso intelectual.
Viviana y Martín no solo forman parte del paisaje del Delta del Paraná. Se han fundido en él y no se entendería el ecosistema sin su presencia. Son los dos ambientalistas activos. Su causa, sin aspavientos, es la estabilidad del planeta. Optimismo antropológico con compromiso intelectual. Están convencidos de que “ganaremos la batalla y que la inteligencia terminará por vencer al híper consumo”.

Ellos han comprendido que el lujo no cuesta dinero si se es tan profundo como para descubrir que la naturaleza no tiene precio. Se lo digo observando la armonía de su casa con el río. ¿Cuanto valdría esto en una residencia de Miami, amarre incluido?
Llegué a su casa en una lancha discurriendo por el río Carapachay. Las casas, en la isla, están construidas en forma de palafito para protegerlas de la sudestada y de las crecidas de los ríos.
El Delta del río Paraná es un ecosistema de más de quinientos ríos, que discurren en meandros, propiciando la aparición de islas por los sedimentos de la tierra que transportó durante su historia. La tierra así formada, es rica y fértil. Sus riberas están asentadas por juncos y las crecidas diarias de los ríos, por las mareas provenientes del Río de la Plata, hacen que gocen de un grado de humedad en donde crecen árboles y plantas tan sugerentes como sauces, ceibos, coronillos, alisos del río y un montón de variedades autóctonas a las que se incorporaron otras especies asentadas por el hombre. Cuando el agua reclama su espacio durante varios días, quienes habitan la isla están acoplados a la supervivencia. También hay lanchas supermercados que proveen de agua potable y víveres imprescindibles. Solo son un poco más caras que en tierra firme.
Aquí, durante cinco largos meses, hace treinta y cinco años, coincidiendo con el arranque de la dictadura argentina, Viviana y Martín recorrieron el delta, buscando durante cinco meses un asentamiento para su exilio interior, como exploradores de sus propios sueños.
Todavía navegan en la misma pequeña lancha que adquirieron entonces. Martín la tiene como una patena, adobada con una silla de jardín para que la conducción sea más regalada. Los dos forman una imagen tan elegante y serena que no queda otra que sentir una profunda admiración por la vida que han elegido.
Su historia, la de Martín y Viviana, se entronca con la épica de esta naturaleza increíble. Se conocieron de niños en el Colegio Alemán, en el barrio de San Isidro de Buenos Aires. Una foto entrañable de la escuela dibuja ya un sueño de amor de dos niños. Viviana era entonces más alta y vigorosa que Martín, que luego se vengó con más de un metro ochenta de estatura. Aquella belleza infantil de Viviana permanece intacta en el cuerpo de una mujer que dentro de un tiempo será “grande”, como dicen en Argentina a las personas maduras. Los argentinos son mucho más sensibles que nosotros en la forma de manifestar los afectos y el respeto. A mi, en Buenos Aires, me siguen diciendo “chico” cuando voy con mis amigos y mis amigas. “¿Chicos, como les va?” Es el saludo iniciático invariable.
Sus ojos, los de Viviana, son dos faros que deslumbran acompasados con su sonrisa. Una mujer espléndidamente hermosa por fuera y se adivina que también en el fondo de su alma.
Martín, que peina las canas de su propia historia, sigue pareciendo un pibe. Tiene un discurso fluido, con bagaje intelectual y precisión conceptual. Bien parecido, ágil y rápido en sus respuestas.
Y esta historia de amor no pudo arrancar entonces –Martín dice que Viviana, algo mayor que él, no le daba bola en el colegio- porque el padre de Martín, un eminente traumatólogo argentino, acudió a la llamada de la revolución cubana, en sus inicios, para poner en pie uno de los sistemas de salud más admirados en el mundo.
Sólo conserva Martín una foto del doctor Nunziata, su padre, con el Ché Guevara, en aquella Habana revolucionaria, donde con su familia pasó seis largos años. Está orgulloso -“no había nada, ni lo imprescindible”-, afirma rememorando aquellos tiempos de niño revolucionario.
El resto de los documentos y recuerdos tuvo que ser destruido por el peligro que significaba conservarlos en el universo de los criminales militares argentinos. La tragedia siempre acechó el delta, aunque el escondite funcionó.
Sonríe Viviana y recuerda que la vida conduce a veces a donde uno quiere estar, al negarle posibilidades de otra elección. Pero que nadie piense que fue fácil: escasez económica, aislamiento del mundo exterior, crianza de unos hijos a golpe de remo en canoa para ir al colegio en las frías y húmedas noches del invierno porteño. Y supervivencia vendiendo artesanía que se terminó cuando el innombrable Carlos Menen abrió el país a las importaciones salvajes: el peso, uno a uno con el dólar, hasta que el país reventó por los falsos costurones.
El regreso de los Nunziata, desde Cuba, después de seis años revolucionarios, no fue fácil. Rechazo al doctor comunista, que tuvo que marcharse como médico rural a la lejana provincia de Río Negro; dificultades para la reinstalación de su familia que propició el reencuentro de Viviana y Martín y la semilla de una vida entre aguas.
Cuando Martín regresó, Viviana estaba casada y embarazada. Y el destino dramático quiso que su esposo muriera de cáncer fulminante con solo veinticinco años. Martín supo esperar y encontró lo que buscaba desde niño. Desde entonces están juntos. Yo creo que muy felizmente juntos.
Encontraron una sólida y vieja casa en la isla del Delta que convirtieron, además de aposento, en taller asomado al río. Ocultos entre las aguas, el joven matrimonio educó a sus hijos fundiendo la luz, la tierra y el agua en un sistema de supervivencia, en donde las manos y la mente se estrecharon para alumbrar la más exquisita artesanía. Subsistencia, amor, familia y siempre las interminables aguas de los ríos que se disocian en miles de ramales desde el caudal del río Paraná.
Los juegos de aguas, silencios, luces y sombras solo se perturban los fines de semana: lanchas rápidas depredadoras de los bordes de los ríos, botellas de plástico y basuras contaminan un río al que el matrimonio dedica su existencia. Los porteños se expanden al delta y lo abandonan lleno de basura porque todavía solo lo aman como entretenimiento de consumo instantáneo.
El asesinato del Delta.
Viviana y Martín me muestran las salidas cloacales donde derrama su inmundicia el parque empresarial de Tigre. “Sería mucho más fácil una solución tecnológica a la contaminación de lo que nos cuesta convencer a los poderes públicos de que hay que parar el asesinato del delta”, afirma convencido Martín, un hombre cuyas certezas están sustentadas en su propia vida y en la repetición coherente de sus credos. Pocas personas conozco, tan coherentes entre lo que predican y lo que viven.
Martín y Viviana se sincronizan y alternan en las razonamientos como si sus vidas tuvieran engranaje de relojería. Su hija Yanina, treinta y cinco años, lleva luchando toda su vida con una enfermedad que le ha permitido, al fin, una vida plena y brillante; reclama su espacio para apostillar el pensamiento. No fue fácil la rehabilitación de Yanina. Camina con alguna dificultad pero se mueve segura en sus pasos y en sus palabras. Espíritu de superación, licenciada en psicológica social en busca de empleo para discapacitada. Se atreve con todo y toma la lancha para ir a la ciudad; forma parte de su vida en Tigre.
Ojo de cóndor a ras de suelo
Casi al borde del río, empanadas y buen vino. Y ensalada de la huerta. Nos observan circunspectas toda clase de aves de madera que Martín cincela con sus manos aprovechando las ramas caídas de los árboles. Están vivas porque se mueven mecidas por el aire. Ojo de cóndor a ras de suelo. Martin goza del aire y del agua. El gato observa todo con discreción desde dentro de esta casa que es taller de artesanía y de sueños. Martín empuña una sierra eléctrica y secciona con destreza una rama desprendida de un árbol. La madera, en espera de un enérgico cepillado, casi ya sale volando. Se adivina el ave en su corte. Muestra con orgullo toda clase de objetos hechos con la materia del delta, en recogida respetuosa de lo que la naturaleza ya ha desechado.
Ver a Martín y a Viviana volando en un ultraligero es el regreso a cuando las máquinas estaban al servicio del hombre y éste todavía no era esclavo de ellas. Sobrevuelan el delta y vigilan los estragos de la civilización. El aire también les pertenece y desde lo alto sienten con fuerza su pertenencia a esta tierra. Les admiro. Les envidio.
La tarde empieza a apoderarse del río y es testigo de esta larga conversación, a dos voces, replicadas por la mía. Los sueños flotan, siguen flotando, sobre las aguas cambiantes. Las luces se filtran a través de la sombra de las ceibas y producen un efecto de otro mundo: creo que son los escenarios que buscaba Francis Ford Coppola para rodar las bellezas naturales escondidas detrás de la guerra de Vietnam.
El agua se recoge para las necesidades de la casa cuando bajan más limpias. Se dejan correr cuando están muertas. El sistema de depuración del agua también es obra de Martín: autodidacta de sus propias ensoñaciones. Sus manos son capaces de hacer todo lo que necesitan para estructurar su vida.
Viviana y Martín exhiben orgullos todos los rincones de su jardín, huerta que además proporciona alimentos y sosiego.
Martín ha adosado unos pedales a la vieja piragua con la que sus hijos acudían a la escuela. Sueños de ambientalistas, reposo de una historia que entremezcla la épica, los sueños, el amor y el futuro: todo entreverado con el río al que están fundidos para salvarlo del hombre.
Notario de otro mundo.
Me siento notario de otro mundo. Admiro que la persistencia permita sustraerse del consumo. Prometo volver. Imagino una novela, Una película de cine independiente usurpado a la intimidad de esta familia. Me acuerdo de tantas compras inútiles. Miro la billetera y observo, aterrorizado por un momento, que las tarjetas de crédito siguen estando ahí.
El río esta subiendo tanto como mi estima sobre la humanidad. Vuelvo la vista desde la lancha y saludo con la mano extendida. Me quedo con la imagen de los dos, agarrados amorosamente de la cintura, diciendo: “¡hasta pronto¡”.
Regreso del sueño para retomar la pesadilla. Esto, sencillamente, es un lugar en el mundo.

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