Cuba, cuando el tiempo nos alcanza.
(I) Las calles se acomodan al mercado.
Agosto también es un bálsamo en La Habana. El malecón cambia de fisonomía con el reloj del día. Por la mañana temprano, cuando el calor no asfixia, jóvenes corren por el paseo marítimo para conservar o alcanzar la forma física. El mediodía es patrimonio de los que se lanzan a la pesca de un pargo, subidos en una goma de camión, ataviados con un bañador liviano, bañados por el sol tórrido del Caribe. En la tarde, cuando el calor amaina, los cubanos acceden a este sofá de los sueños habaneros que es el paseo del malecón. La noche es bulliciosa: se ofrecen promesas de amor incumplibles, tabaco, tan verdadero o falso como uno quiera creer, ron “chispadetren” que solo los avezados aguantan y canciones que también son de amor. Los extranjeros tratan de camuflarse como cubanos. Los Gays ya tienen sus solares. La noche discurre sosegada.
En las playas del Este, en Guanabo y Santa María, se produce un éxodo de ida y vuelta para disfrutar del mar. Las casas de alquiler proliferan, y las familias cocinan al regreso de la playa. Días de asueto para quienes se lo pueden permitir. Frijoles, carne de puerco, arroz y cerveza, como los ungüentos que todo lo curan, en una conversación que necesariamente es bulliciosa.
La Habana recupera el mercado. Churros, pastelitos, cakes, ropa, juguetes para niños, piñatas de cumpleaños. Los cuentapropistas –quienes han adquirido licencias fiscales para tener un negocio propio- hacen mover el dinero en moneda nacional. Las calles recuperan su esencia comercial y los habaneros valoran la nueva oferta con satisfacción. Quienes tienen un negocio pagan sus impuestos y sus licencias; los inspectores ya no acosan: controlan.
Proliferan los restaurantes privados, algunos de ellos con un digno servicio. Arreglar un coche es posible en incipientes talleres privados. Los torneros fabrican piezas increíbles y arreglan una segadora de yerba de antes de la revolución o un frigorífico antiguo.
La asignatura pendiente son los suministros para estas industrias familiares y una regulación más precisa para las cooperativas. Son reformas que está estudiando el Gobierno para conseguir que el mercado negro deje de ser el rey de las calles de La Habana y exista la posibilidad de acceder a un mercado legal mayorista para abastecer las economías de consumo privadas. Octubre es la esperanza de que se desbloqueen los reglamentos. Mientras, los cuadros administrativos hacen cursos para acomodar sus estructuras mentales a los nuevos tiempos en los que la iniciativa privada ya no está demonizada más que por las costumbres atávicas de este sistema que se renueva.
La Revolución es un dogma sometido a una adaptación que la transforma. Nada sin la Revolución, todo dentro de la Revolución, de la que todavía no se conocen con precisión los nuevos límites; pero son dinámicos, avanzan, se estancan, retroceden y vuelven a avanzar.
Fidel es el “líder moral”. Es el nuevo concepto acuñado por el régimen, en donde ya no aparece como “El Comandante en Jefe”, aunque ese título, ahora honorífico, no se lo discute nadie. Se le quiere y la población ya conoce que no es inmortal: el tiempo pasa y acomoda su lugar en la memoria y en la historia. Pero no en el gobierno.
Fidel guarda silencio desde hace un mes. Se han interrumpido sus reflexiones, las últimas de ellas crípticas y sintéticas. Se ha podido saber que estaba con un cuaderno, pendiente de todos los detalles de las olimpiadas. De la evolución de los atletas cubanos. No está mal: el puesto 16 en el medallero, muy por delante de España. Está a la espera de que surjan nuevos atletas de relevo de la generación de Sotomayor. Probablemente están estudiando en la secundaria.
Fidel, como líder y referencia moral de Cuba, sigue teniendo una influencia tranquila. Su presencia es liviana, pero existe. Y también hay un consenso básico en la sociedad de que merece sus últimos días sin sobresaltos. En su calendario no queda mucho tiempo, pero los Castro son longevos. Trabaja incansablemente en el segundo volumen de sus memorias, de los tiempos de gobierno revolucionario, con la estudiosa Katiuska Blanco. En eso gasta su tiempo, con la meticulosidad y el tesón que han sido la gasolina de su existencia.
En La Habana se ve menos policía, incluso de tránsito. El mercado negro está menos abastecido por la lucha contra la corrupción y la merma en las importaciones. Ahorro de divisas. La tranquilidad la proporciona la previsible victoria de Hugo Chavez en las elecciones venezolanas de octubre. Si Chavez continúa, los acuerdos económicos y políticos con Cuba están garantizados.
La diplomacia cubana elabora planes para poner en práctica los acuerdos logrados con China, Rusia y Vietnam promovidos por la reciente gira de Raúl Castro. El nuevo presidente de Cuba ya ejerce en la esfera internacional. Pero Raúl ya sabe que a él también le ha alcanzado ya el tiempo.

25 Comentarios
Añada su comentario