Carlos Carnicero

De nuevo, el miedo y las encuestas

No han convocado un congreso extraordinario en Madrid aunque fuera para enviar a Esperanza Aguirre al trastero. No han hecho una convención para analizar los errores que han decantado el resultado del 24-N. Ni siquiera ha habido una cascada de dimisiones. Es mucho más fácil afirmar, de manera inducida, que los electores se han equivocado. Y, luego, el miedo, siempre el miedo. Son tan ingenuos como para pensar que los electores se van a asustar con el resultado del voto que acaban de emitir.

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El PSOE, que consagró la pérdida de su fe socialdemócrata con un Zapatero seducido por el republicanismo ciudadano–para él monárquico- de Philip Petitt, se convierte ahora, en la estrategia de Rajoy, en un enemigo que quiere destruir el estado. Argüir ahora que el PSOE sufre un peligroso radicalismo izquierdista es desconocer el alma profunda de esta generación de socialistas. Se trata solo de estrategias de poder, los pactos, para consolidar poder territorial que les impulse a La Moncloa. Eso, queridos amigos, es la esencia de la política: la tensión permanente para alcanzar o permanecer en el poder. Rajoy quiere meter miedo con “la deriva izquierdista del PSOE” para que las aguas vuelvan al redil putrefacto en que se ha constituido la política.

Mariano Rajoy lo sabe. Debiera haber sabido, en vísperas electorales, que proclamar “Rita, eres la mejor”, estando la alcaldesa de Valencia rodeada por la corrupción, era el último acto de un suicidio político. Rajoy, como todos, tiene la tentación permanente de ser fiel a su propia naturaleza. Y como no ha sido capaz de disociar sus tozudeces de sus debilidades, busca y buscará siempre una salida que no colisione con su ser íntimo.

Han comenzado de nuevo las encuestas para dirimir si una milésima de cambio en la voluntad confesada por los encuestados nos podría devolver la esperanza de normalidad; es decir el status quo.

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Rajoy, hierático hasta la derrota final

Se oye el ruido de segadoras alrededor de Rajoy. De momento salva las piernas solo porque no tiene recambio que le amenace. Si hubiera ganado Esperanza, Rajoy estaría liquidado. Hay quien piensa que el maquiavelismo latente del presidente le impulsó a designar a Aguirre para terminar de liquidarla, aún a costa de la debacle en el ayuntamiento de Madrid.

Ahora se ha instituido que la culpa la tienen las televisiones traidoras. En Moncloa no se pueden creer que la chapuza que permitió la concentración de las cadenas repartidas por Zapatero en feudos amigos haya acabado en traición.

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En la derrota lo más fácil es echar la culpa a terceros en un intento de eludir responsabilidades propias. Rajoy confió una vez más en Pedro Arriola y en el mantra de la recuperación económica. El problema es que en la calle no se nota mucho la recuperación del IBEX 35 y de la macroeconomía.

Este no es un país empresarialmente serio, con excepciones, claro. Siguen haciéndose contratos basura, la exclusión social se ha estabilizado en cifras aterradoras y la corrupción es el contrafuerte de una desigualdad galopante.

Y, además, las cadenas de televisión están encantadas con la audiencia que les han dado los discursos incendiarios de Pablo Iglesias y la inocencia impostada de Albert Rivera. Las dos grandes novedades en un discurso acabado de los partidos tradicionales. Pedro Sánchez salva los muebles y parece que de una vez el PSOE se está haciendo mayor y deja de jugar con las primarias.

En este escenario, con los resultados en la calculadora, es un suicidio político que el gran perdedor, el PP, no haga nada. O lo haga tan a regañadientes que parece que no lo hace. En política, las cosas son cada vez más solo lo que parecen sin importar si son.

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El 24-M y los posos de la efervescencia demoscópica

Estamos instalados en la incertidumbre. Se ha teorizado mucho sobre las sociedades liquidas. Nuestras vidas son un dilema permanente en las relaciones personales y en nuestra vida laboral. No hay noticia precisa de cómo viviremos ni de que recursos vamos a disponer. Los compromisos son volátiles porque se ha legitimado la inestabilidad. No hay hábitos de permanencia porque lo establecido es la mutación. La crisis ha terminado por apostar la improvisación al calor de la incertidumbre. Fluctúan nuestras creencias y nuestros hábitos. Solo tenemos fe en los ídolos del fútbol, cada uno en el nuestro. Este deporte es la religión más sólida de nuestro tiempo porque ya ni siquiera podemos formulas un dilema entre Joselito Y Belmonte.

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Las series de encuestas políticas del último año fotografían realidades líquidas. Partidos desahuciados hace unos meses se recuperan. Los que prometieron nunca volver a votar al partido donde habían asentado sus esperanzas reconsideran. Indecisos son casi todos. Porque las convicciones y las confianzas no se sujetan en certezas sino en fluctuaciones. Solo se mantienen intactas las pasiones y las fidelidades en el equipo de fútbol que heredaron de sus padres. Partidos que no existían forman burbujas en la convicción de que estallaran en plazos imprecisos. No hay certeza de que hayan venido para quedarse.

Hoy día es más confiable la lotería que los pronósticos electorales. Los sociólogos que cocinan las encuestas tienen la esperanza de que la noche electoral disuelva sus pronósticos y se olviden. La demoscopia se ha vuelto efervescente. Aparecen nuevas opciones políticas reclamando espacios que hasta hora estaban ocupados por el bipartidismo. El voto útil está amenazado por la convulsión de un impulso mutante.

Madrid, Barcelona, Valencia o Zaragoza representan la incertidumbre en los ayuntamientos más poderosos y codiciados. Una fragmentación a la italiana que no era hábito entre nosotros. La política se convertirá en el arte de conciliar voluntades, a veces contradictorias, en la composición de las instituciones. Se abrirá la subasta. El objetivo es que los pactos no contaminen porque el abrazo del oso es el estigma que todos querrán evitar. Los partidos tienen ventaja porque sus programas no les comprometen. Pueden hacer una cosa y la contraria.

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Apuntes a vuelapluma

Pedro Sánchez se consagra como líder del PSOE

El debate del estado de la nación, por su naturaleza y su formato, favorece al presidente de Gobierno. Lleva la iniciativa, no tiene límites de tiempo y se puede dar el gusto de contestar en cualquier momento. Hasta ahora, no había solo líder de la oposición que hubiera salido airoso de su primer encuentro con un presidente en el debate del estado de la nación. Josep Borrell, un político preparado y dialéctico, perdió claramente su encuentro con José María Aznar.

Para el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, el debate era una oportunidad pero también un riesgo que podía haberlo liquidado antes de consagrarse en su propio partido. Ha salido airoso e, incluso, las encuestas le han dado ganador sobre el presidente Rajoy.

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Mariano Rajoy carece de inteligencia emocional. Sigue los dictados estrictos de su asesor Pedro Arriola. Y lo que le había encomendado el gurú del Partido Popular fue el triunfalismo. Un solo mensaje: “la crisis ya ha pasado y estamos en la senda del crecimiento gracias a las políticas de este Gobierno”. “Nuestra mayor victoria en política social ha sido evitar el rescate”.

El presidente no se salió del guión. Podría haber hecho ese discurso, adobándolo de una mención explicita a los sacrificios que ha realizado la mayor parte de la población. Podía haber pedido un acto de confianza a los millones de españoles que no ven ni han sentido esa salida de la crisis. Se podía haber acordado de los desahuciados, de los que han quedado en la cuneta, de los que no tienen esperanza. Pero Mariano Rajoy es incapaz de ese guiño a los perdedores porque quizá no tiene una percepción de la situación de tantos ciudadanos. Dio la impresión de que vive en una capsula de cristal y de estar solo con triunfadores.

Puestas así las cosas, en un discurso inicial que parecía el de un consejero delegado de una compañía llamada España, el presidente se regocijó en estadísticas que le dan la razón en la macro economía. Y ahí se plantó, con unos anuncios pre electorales que ya habían sido anunciados en otras ocasiones. Ocultó lo que no le interesaba y cedió el turno al líder de la oposición.

Pedro Sánchez estuvo demoledor y brillante. Su objetivo claro era convencer a los suyos de su capacidad de liderazgo. Y demostrar que como nuevo líder del PSOE se podía ganar el derecho a ser escuchado por sus posibles electores. Romper la demoledora inercia de que este partido centenario habría llegado a su decadencia. A partir de ahora, Pedro Sánchez puede crecer como alternativa al gobierno de Rajoy.

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Tomás Gómez, sobre todo un síntoma

Los partidos tradicionales están sumidos en una profunda crisis que es existencial. Si no rectifican, seguirán una pendiente peligrosa hacia su desaparición o serán sustituidos por quienes se atrevan a modificar unos comportamientos y unos intereses que son, sobre todo, particulares, de élites y oligarquías con compromisos con poderosos sectores económicos de las que quieren extraer rentas y beneficios. César Molinas ha publicado un excelente libro, “qué hacer con España”, editorial Destino, en el que analiza el proceso de creación de los partidos políticos a partir de la transición y su transformación hasta llegar a la crisis actual.

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Lo sucedido en Madrid con la destitución manu militari de Tomás Gómez es paradigmático del proceso endogámico de los partidos y de la primacía de los intereses particulares y de las elites. El ya ex secretario general del PSM llegó a liderar su partido en un acto personal de designación de José Luis Rodríguez Zapatero que se saltó todos los procedimientos en ese acto. Luego vino una formalización ritual de una decisión personal. Podría decirse a Tomás Gómez, como en la Biblia, “el señor me lo dio, el señor me lo quitó; bendito sea su santo nombre”. Un secretario le regaló el cargo y otro le quitó el juguete. En medio, una historia típica del sistema de partidos que tenemos y de la organización de castas y oligarquías alrededor de las autonomías.

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La encrucijada de Merkel y Tsipras.

El caldo de cultivo de Syriza ha sido la política de austeridad impuesta por el directorio alemán de Angela Merkel. Con efectos catastróficos en Grecia, las recetas impuestas por la Troika han agravado el problema en vez de solucionarlo.Captura de pantalla 2015-02-01 a las 14.17.28

Barack Obama ha dejado en evidencia la política de austeridad europea. Estados Unidos entra en una nueva dimensión, con el dólar por las nubes, gracias a las inyecciones de dinero público para relanzar la economía. Justo la antítesis de las recetas que Mérkel se ha empeñado en imponer en este viejo continente.

Europa es cada vez más irrelevante en la política mundial. Recoge los frutos del nuevo nacionalismo alemán. Los intereses de Alemania, su hegemonía ejercida sin disimulos, ha sido la prioridad de la canciller. Francia, que podía haber sido el contrapeso del poder de Mérkel no lo ha podido ejercer, sumida en una crisis que no es solo económica, y con François Hollande, que ha pasado a ser la esperanza de la socialdemocracia europea a la imagen convexa de un espejo en el que nadie se quiere ver reflejado.

Europa ha entrado en crisis de identidad. La Unión Europea es la unión de los mercados y cada vez se distancia más de la unión de los ciudadanos. El euro escepticismo se ha transformado rápidamente en una eurofobia que reivindica las bondades del Estado nación como oposición la UE, causante, según esta narrativa, de todo nuestros problemas. Conocemos bien en este continente los peligros de los nacionalismos y las crisis.

La amenaza tiene forma de pinza. O de sándwich. Por un lado, crece la xenofobia azuzada por las desigualdades que generan el recelo hacia el extraño por quitar puestos de trabajo y ocupar parcelas de la sociedad con una identidad contrapuesta a la de los autóctonos de cada nación. De otro lado, la desafección por la democracia tal y como funciona en Europa y la pérdida de soberanía trasladada a una Unión Europea que no responde directamente a un parlamento elegido por todos los europeos. Los mecanismos, en parte pervertidos por las cuotas de poder de los partidos miembros, hacen sentir que los europeos obedecen consignas y normas dictadas por tecnócratas. La puesta en marcha de gobiernos de esta naturaleza en Italia y Grecia acrecentaron la sensación de secuestro de la democracia.

A toda prisa, el Banco Central Europeo ha decidido, por fin, inyectar dinero público a través de compra de deuda por los bancos centrales. Dinero para apagar el descontento. Pero, ¿demasiado tarde?

El reto de la Unión Europea, el reto de Angela Merkel, sería relanzar la Europa de los ciudadanos, la de la representación, la del debate político superpuesto al permanente debate económico.

Volver a subrayar todo lo que nos une y ser capaces de mirar al futuro unidos.

En esta Europa en crisis profunda, amenazada además por los efectos colaterales del yihadismo que amenaza la restricción de libertades conquistadas y con una Rusia cada vez más enérgica en su pretensión de ejercer la fuerza en nuestro vecindario, ha emergedlo una respuesta irreverente, audaz y desesperada. Cuando los griegos han sentido que ya no tienen más que perder, han dado un portazo a la Europa de Merkel, que es la única que se divisa hoy en día.

El desprecio de Merkel como síntesis del pensamiento impuesto, no ha guardado mucho las formas. En el primer rescate griego, Alemania aplazó sus decisiones porque dio prioridad a las elecciones en Renania del Norte-Westfalia. Que esperen los griegos a que voten los renanos.

Ahora, durante el proceso de las últimas elecciones griegas, las amenazas sobre los electores tampoco han ofertado disimulos. El mensaje era claro. Vuestra soberanía no os permite elegir lo que no os conviene. Y los griegos le han dado un corte de mangas a tantas imposiciones. La dignidad ha ganado la batalla a los mercados.

Grecia se juega su futuro en las negociaciones con la UE. Pero Europa también se juega su naturaleza en esa partida. Ninguno se puede dar el lujo de perder y tendrán que buscar disimulos para aparentar que los dos han perdido o los dos han ganado.

Si Alemania cede de forma visible, el antecedente amenaza con ser contagioso. Si la falta de acuerdo empuja a Grecia a la desesperación, muchos europeos no le perdonaran a la unión haber sido incapaz de solucionar un problema que solo afecta a poco más del dos por ciento del producto interior bruto de la UE.

Los ingenieros contables y financieros han desarrollado la tecnología más sofisticada para que una contabilidad pueda parecer una cosa y la contraria. Y no habría problemas para un diseño que le permita a Grecia dinero para crecer, para desarrollar infraestructuras y modernizar su economía y pagar la deuda de forma razonable, tan razonable como exija que el país no se hunda.

Será una negociación larga, complicada y difícil. De entrada, dos gestos audaces griegos: amagar con un acercamiento a Rusia en época de crisis profunda de las relaciones con la Unión Europea. Y la negación de legitimidad a la Troika para llegar vestida de negro a dar órdenes.

Merkel no se ha hecho esperar con rotundas declaraciones sobre las obligaciones irrenunciables de Grecia. Gestos para sus respectivas galerías.

Ahora, con discreción, debe empezar la verdadera negociación en la que todos los europeos nos jugamos mucho. Para empezar, nos jugamos la viabilidad de nuestros sueños.