Carlos Carnicero

De la contrarrevolución conservadora al cambio municipal

En el universo de Esperanza Aguirre y de Rita Barberá se había establecido el paradigma de que a los poderosos había que allanarles el camino porque su riqueza soltaba migajas que salpicaban a todos. El asentamiento de la corrupción favoreció la riqueza instantánea. Y con ella, salarios, aunque magros y temporales. Los recortes han sido tan insoportables, adobados de corrupción, que han desalojado a la derecha de los grandes ayuntamientos. Han perdido Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia y Zaragoza. ¡Casi nada!

Ya no se recuerda la ensoñación de la ciudad del juego que iba a desarrollar la baronesa complaciendo al magnate Adelson, incluso levantando la prohibición del tabaco en sus tugurios de lujo. Si se van a crear puestos de trabajo, que importan las mafias del juego. Ecuaciones meramente utilitaristas. Católicos, excepto de la cintura para abajo y de la ruleta de la suerte.

Aquello no salió bien solo porque las autoridades madrileñas no se bajaron suficientemente los pantalones. A Adelson se lo ponían más fácil en Macao. Deslocalización del vicio. La nueva era del ladrillo fácil se ha retrasado un poco. Ahora, con los nuevos ayuntamientos y comunidades, se aplazará indefinidamente. Espero. Ahora deben revisar la privatización de servicios mediante contratas. Espero que Carmena revoque la que gestiona los parquímetros de Madrid, en donde hace casi hace falta ser titulado para introducir los datos. Si te equivocas en algo, pagas multa como si no hubieras sacado el papelito. Se urbanizará algo más que las millas de oro de las ciudades y los marginados volverán a ser ciudadanos.

Captura de pantalla 2015-06-14 a las 13.46.53Imagínense, pongo por caso, que la despedida de Rita Barberá Y Esperanza Aguirre, arquetipos de la era municipal que se ha acabado, fuera una mesa de camilla. Junto a Manuela Carmena y Ada Colau. Té con pastas para las primeras y café con leche para las segundas. Y de fondo, un nuevo tamayazo que no ha sido posible porque hubiera sido insoportable. Candidatos, tentados, los ha habido seguro. No se han atrevido.

El lobo, del que tanto han avisado los pastores de esta sociedad financiera, ha llegado por fin. Y no se han comido ningún cordero. Los lobos tienen que demostrar que saben gobernar para quienes no han tenido nunca padrino.

Se abre un tiempo de incertidumbre hasta las elecciones generales. Desde el 14 de abril de 1931, En España los cambios siempre han empezado en unas elecciones municipales. En 1979, los pactos entre el PSOE y el Partido Comunista en los ayuntamientos potenciaron el gran cambio político en las elecciones generales de 1982. Luego, 13 años de gobierno socialista, hasta que los episodios de corrupción que emergieron en el último tramo de los gobiernos de Felipe González, propiciaron la eclosión del aznarismo. Hizo falta que Baltasar Garzón, Pedro J. Ramírez y José María Aznar sincronizaran su ofensiva para tomar La Moncloa. Se utilizaron los muertos del Gal para escalar el castillo. Daba igual. “¡Váyase señor González!”

En parte hemos vuelto a la casilla de salida. La corrupción destapada en los últimos años ha puesto al PP contra las cuerdas. La diferencia es que ahora el PSOE no es fuerza hegemónica, aunque objetivamente, con menos votos tiene mucho más poder municipal que antes del 24 de mayo.

Si los nuevos ayuntamientos consiguen en menos de seis meses demostrar que son eficaces y gobiernan para la mayoría, en las generales se puede consumar un cambio político difícil de gestionar por la fragmentación de la izquierda y las incógnitas que todavía penden sobre el partido o movimiento en torno a Pablo Iglesias.

Es esta un película de riguroso estreno. Madrid, gobernada por una mujer que siempre ha sido de izquierdas, con más de setenta años y que ha generado una suma de votos procedente de distintos sitios. Conozco a mucha gente que ha votado a Carmena para el ayuntamiento y a Gabilondo para la Comunidad Autónoma. No es solo una revolución de jóvenes intrépidos sin complejos. Esto tiene calado intergeneracional.

Y en Barcelona, la luchadora contra los desahucios, Ada Colau, ha introducido su camiseta en la Plaza de Sant Jaume.

Resulta que ahora si hay dinero para becas escolares. Que se pueden hacer gestiones rápidas con la Banca para parar los desahucios. Que los comedores escolares para niños sin recursos se pueden abrir en verano. Que alguien está dispuesto a hacer algo frente a las estadísticas de desnutrición infantil en el país de la abundancia.

Ha cundido la alarma en el universo de los biempensantes. Rita Barberá y Esperanza Aguirre ya no están en la pomada, aunque seguirán enredando en la medida que puedan. Los cambios siempre son así. Producen adhesiones y pánico. Y en esa dialéctica ha discurrido la historia. Me he pedido un asiento en primera fila para no perderme detalle.

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De nuevo, el miedo y las encuestas

No han convocado un congreso extraordinario en Madrid aunque fuera para enviar a Esperanza Aguirre al trastero. No han hecho una convención para analizar los errores que han decantado el resultado del 24-N. Ni siquiera ha habido una cascada de dimisiones. Es mucho más fácil afirmar, de manera inducida, que los electores se han equivocado. Y, luego, el miedo, siempre el miedo. Son tan ingenuos como para pensar que los electores se van a asustar con el resultado del voto que acaban de emitir.

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El PSOE, que consagró la pérdida de su fe socialdemócrata con un Zapatero seducido por el republicanismo ciudadano–para él monárquico- de Philip Petitt, se convierte ahora, en la estrategia de Rajoy, en un enemigo que quiere destruir el estado. Argüir ahora que el PSOE sufre un peligroso radicalismo izquierdista es desconocer el alma profunda de esta generación de socialistas. Se trata solo de estrategias de poder, los pactos, para consolidar poder territorial que les impulse a La Moncloa. Eso, queridos amigos, es la esencia de la política: la tensión permanente para alcanzar o permanecer en el poder. Rajoy quiere meter miedo con “la deriva izquierdista del PSOE” para que las aguas vuelvan al redil putrefacto en que se ha constituido la política.

Mariano Rajoy lo sabe. Debiera haber sabido, en vísperas electorales, que proclamar “Rita, eres la mejor”, estando la alcaldesa de Valencia rodeada por la corrupción, era el último acto de un suicidio político. Rajoy, como todos, tiene la tentación permanente de ser fiel a su propia naturaleza. Y como no ha sido capaz de disociar sus tozudeces de sus debilidades, busca y buscará siempre una salida que no colisione con su ser íntimo.

Han comenzado de nuevo las encuestas para dirimir si una milésima de cambio en la voluntad confesada por los encuestados nos podría devolver la esperanza de normalidad; es decir el status quo.

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Rajoy, hierático hasta la derrota final

Se oye el ruido de segadoras alrededor de Rajoy. De momento salva las piernas solo porque no tiene recambio que le amenace. Si hubiera ganado Esperanza, Rajoy estaría liquidado. Hay quien piensa que el maquiavelismo latente del presidente le impulsó a designar a Aguirre para terminar de liquidarla, aún a costa de la debacle en el ayuntamiento de Madrid.

Ahora se ha instituido que la culpa la tienen las televisiones traidoras. En Moncloa no se pueden creer que la chapuza que permitió la concentración de las cadenas repartidas por Zapatero en feudos amigos haya acabado en traición.

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En la derrota lo más fácil es echar la culpa a terceros en un intento de eludir responsabilidades propias. Rajoy confió una vez más en Pedro Arriola y en el mantra de la recuperación económica. El problema es que en la calle no se nota mucho la recuperación del IBEX 35 y de la macroeconomía.

Este no es un país empresarialmente serio, con excepciones, claro. Siguen haciéndose contratos basura, la exclusión social se ha estabilizado en cifras aterradoras y la corrupción es el contrafuerte de una desigualdad galopante.

Y, además, las cadenas de televisión están encantadas con la audiencia que les han dado los discursos incendiarios de Pablo Iglesias y la inocencia impostada de Albert Rivera. Las dos grandes novedades en un discurso acabado de los partidos tradicionales. Pedro Sánchez salva los muebles y parece que de una vez el PSOE se está haciendo mayor y deja de jugar con las primarias.

En este escenario, con los resultados en la calculadora, es un suicidio político que el gran perdedor, el PP, no haga nada. O lo haga tan a regañadientes que parece que no lo hace. En política, las cosas son cada vez más solo lo que parecen sin importar si son.

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Apuntes a vuelapluma

Pedro Sánchez se consagra como líder del PSOE

El debate del estado de la nación, por su naturaleza y su formato, favorece al presidente de Gobierno. Lleva la iniciativa, no tiene límites de tiempo y se puede dar el gusto de contestar en cualquier momento. Hasta ahora, no había solo líder de la oposición que hubiera salido airoso de su primer encuentro con un presidente en el debate del estado de la nación. Josep Borrell, un político preparado y dialéctico, perdió claramente su encuentro con José María Aznar.

Para el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, el debate era una oportunidad pero también un riesgo que podía haberlo liquidado antes de consagrarse en su propio partido. Ha salido airoso e, incluso, las encuestas le han dado ganador sobre el presidente Rajoy.

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Mariano Rajoy carece de inteligencia emocional. Sigue los dictados estrictos de su asesor Pedro Arriola. Y lo que le había encomendado el gurú del Partido Popular fue el triunfalismo. Un solo mensaje: “la crisis ya ha pasado y estamos en la senda del crecimiento gracias a las políticas de este Gobierno”. “Nuestra mayor victoria en política social ha sido evitar el rescate”.

El presidente no se salió del guión. Podría haber hecho ese discurso, adobándolo de una mención explicita a los sacrificios que ha realizado la mayor parte de la población. Podía haber pedido un acto de confianza a los millones de españoles que no ven ni han sentido esa salida de la crisis. Se podía haber acordado de los desahuciados, de los que han quedado en la cuneta, de los que no tienen esperanza. Pero Mariano Rajoy es incapaz de ese guiño a los perdedores porque quizá no tiene una percepción de la situación de tantos ciudadanos. Dio la impresión de que vive en una capsula de cristal y de estar solo con triunfadores.

Puestas así las cosas, en un discurso inicial que parecía el de un consejero delegado de una compañía llamada España, el presidente se regocijó en estadísticas que le dan la razón en la macro economía. Y ahí se plantó, con unos anuncios pre electorales que ya habían sido anunciados en otras ocasiones. Ocultó lo que no le interesaba y cedió el turno al líder de la oposición.

Pedro Sánchez estuvo demoledor y brillante. Su objetivo claro era convencer a los suyos de su capacidad de liderazgo. Y demostrar que como nuevo líder del PSOE se podía ganar el derecho a ser escuchado por sus posibles electores. Romper la demoledora inercia de que este partido centenario habría llegado a su decadencia. A partir de ahora, Pedro Sánchez puede crecer como alternativa al gobierno de Rajoy.

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Tomás Gómez, sobre todo un síntoma

Los partidos tradicionales están sumidos en una profunda crisis que es existencial. Si no rectifican, seguirán una pendiente peligrosa hacia su desaparición o serán sustituidos por quienes se atrevan a modificar unos comportamientos y unos intereses que son, sobre todo, particulares, de élites y oligarquías con compromisos con poderosos sectores económicos de las que quieren extraer rentas y beneficios. César Molinas ha publicado un excelente libro, “qué hacer con España”, editorial Destino, en el que analiza el proceso de creación de los partidos políticos a partir de la transición y su transformación hasta llegar a la crisis actual.

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Lo sucedido en Madrid con la destitución manu militari de Tomás Gómez es paradigmático del proceso endogámico de los partidos y de la primacía de los intereses particulares y de las elites. El ya ex secretario general del PSM llegó a liderar su partido en un acto personal de designación de José Luis Rodríguez Zapatero que se saltó todos los procedimientos en ese acto. Luego vino una formalización ritual de una decisión personal. Podría decirse a Tomás Gómez, como en la Biblia, “el señor me lo dio, el señor me lo quitó; bendito sea su santo nombre”. Un secretario le regaló el cargo y otro le quitó el juguete. En medio, una historia típica del sistema de partidos que tenemos y de la organización de castas y oligarquías alrededor de las autonomías.

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La encrucijada de Merkel y Tsipras.

El caldo de cultivo de Syriza ha sido la política de austeridad impuesta por el directorio alemán de Angela Merkel. Con efectos catastróficos en Grecia, las recetas impuestas por la Troika han agravado el problema en vez de solucionarlo.Captura de pantalla 2015-02-01 a las 14.17.28

Barack Obama ha dejado en evidencia la política de austeridad europea. Estados Unidos entra en una nueva dimensión, con el dólar por las nubes, gracias a las inyecciones de dinero público para relanzar la economía. Justo la antítesis de las recetas que Mérkel se ha empeñado en imponer en este viejo continente.

Europa es cada vez más irrelevante en la política mundial. Recoge los frutos del nuevo nacionalismo alemán. Los intereses de Alemania, su hegemonía ejercida sin disimulos, ha sido la prioridad de la canciller. Francia, que podía haber sido el contrapeso del poder de Mérkel no lo ha podido ejercer, sumida en una crisis que no es solo económica, y con François Hollande, que ha pasado a ser la esperanza de la socialdemocracia europea a la imagen convexa de un espejo en el que nadie se quiere ver reflejado.

Europa ha entrado en crisis de identidad. La Unión Europea es la unión de los mercados y cada vez se distancia más de la unión de los ciudadanos. El euro escepticismo se ha transformado rápidamente en una eurofobia que reivindica las bondades del Estado nación como oposición la UE, causante, según esta narrativa, de todo nuestros problemas. Conocemos bien en este continente los peligros de los nacionalismos y las crisis.

La amenaza tiene forma de pinza. O de sándwich. Por un lado, crece la xenofobia azuzada por las desigualdades que generan el recelo hacia el extraño por quitar puestos de trabajo y ocupar parcelas de la sociedad con una identidad contrapuesta a la de los autóctonos de cada nación. De otro lado, la desafección por la democracia tal y como funciona en Europa y la pérdida de soberanía trasladada a una Unión Europea que no responde directamente a un parlamento elegido por todos los europeos. Los mecanismos, en parte pervertidos por las cuotas de poder de los partidos miembros, hacen sentir que los europeos obedecen consignas y normas dictadas por tecnócratas. La puesta en marcha de gobiernos de esta naturaleza en Italia y Grecia acrecentaron la sensación de secuestro de la democracia.

A toda prisa, el Banco Central Europeo ha decidido, por fin, inyectar dinero público a través de compra de deuda por los bancos centrales. Dinero para apagar el descontento. Pero, ¿demasiado tarde?

El reto de la Unión Europea, el reto de Angela Merkel, sería relanzar la Europa de los ciudadanos, la de la representación, la del debate político superpuesto al permanente debate económico.

Volver a subrayar todo lo que nos une y ser capaces de mirar al futuro unidos.

En esta Europa en crisis profunda, amenazada además por los efectos colaterales del yihadismo que amenaza la restricción de libertades conquistadas y con una Rusia cada vez más enérgica en su pretensión de ejercer la fuerza en nuestro vecindario, ha emergedlo una respuesta irreverente, audaz y desesperada. Cuando los griegos han sentido que ya no tienen más que perder, han dado un portazo a la Europa de Merkel, que es la única que se divisa hoy en día.

El desprecio de Merkel como síntesis del pensamiento impuesto, no ha guardado mucho las formas. En el primer rescate griego, Alemania aplazó sus decisiones porque dio prioridad a las elecciones en Renania del Norte-Westfalia. Que esperen los griegos a que voten los renanos.

Ahora, durante el proceso de las últimas elecciones griegas, las amenazas sobre los electores tampoco han ofertado disimulos. El mensaje era claro. Vuestra soberanía no os permite elegir lo que no os conviene. Y los griegos le han dado un corte de mangas a tantas imposiciones. La dignidad ha ganado la batalla a los mercados.

Grecia se juega su futuro en las negociaciones con la UE. Pero Europa también se juega su naturaleza en esa partida. Ninguno se puede dar el lujo de perder y tendrán que buscar disimulos para aparentar que los dos han perdido o los dos han ganado.

Si Alemania cede de forma visible, el antecedente amenaza con ser contagioso. Si la falta de acuerdo empuja a Grecia a la desesperación, muchos europeos no le perdonaran a la unión haber sido incapaz de solucionar un problema que solo afecta a poco más del dos por ciento del producto interior bruto de la UE.

Los ingenieros contables y financieros han desarrollado la tecnología más sofisticada para que una contabilidad pueda parecer una cosa y la contraria. Y no habría problemas para un diseño que le permita a Grecia dinero para crecer, para desarrollar infraestructuras y modernizar su economía y pagar la deuda de forma razonable, tan razonable como exija que el país no se hunda.

Será una negociación larga, complicada y difícil. De entrada, dos gestos audaces griegos: amagar con un acercamiento a Rusia en época de crisis profunda de las relaciones con la Unión Europea. Y la negación de legitimidad a la Troika para llegar vestida de negro a dar órdenes.

Merkel no se ha hecho esperar con rotundas declaraciones sobre las obligaciones irrenunciables de Grecia. Gestos para sus respectivas galerías.

Ahora, con discreción, debe empezar la verdadera negociación en la que todos los europeos nos jugamos mucho. Para empezar, nos jugamos la viabilidad de nuestros sueños.