David Brooks, columnista del New York Times y reputado politólogo, ha teorizado sobre “la política de las emociones”. Un libro absolutamente recomendable para quienes estén interesado en la comunicación entre el cerebro y el corazón es The Social Animal. En síntesis, cree Brooks que los líderes ganan las elecciones no con sus programas sino con la conexión emocional con sus electores. No importante tanto el contenido –demasiado técnico e incomprensible para la mayoría de los ciudadanos- como la capacidad de transmitirles los sentimientos emocionales con los que se siente identificado el ciudadano común. Si se crea el contacto emocional que hace percibir al candidato como uno de los suyos, de los electores, la victoria está asegurada. Si no hay sinergia emocional, no se puede ganar.

Luna Park es una catedral de las emociones. Siento que sus pareces guardan las vibraciones de los grandes conciertos; en los estadios de fútbol, las conmociones se escapan al universo exterior.
Dentro de unos años descubriremos que las emociones colectivas se quedan adheridas si las paredes del lugar en donde se producen tienen los materiales con los que se agarran los sueños. volveré a Luna Parak para recuperar las emociones del concierto de Sabina&Serrat, anoche en Buenos Aires.
Sabina&Serrat son un matrimonio casi perfecto; no tiene sexo, pero creo que no lo necesita. Hay entendimientos, sorprendentemente, que no pasan por el contacto de la carne. Ellos lo han logrado y probablemente no hay dos seres tan esencialmente distintos. Se complementan.
Empecemos por el diseño y la animación. los “pájaros del Titanic” son dos aves animadas y entrañables que interactúan mágicamente con el público, que durante el concierto aguarda que den cuenta de lo que va a suceder a continuación, incluso de cuando se termina el espectáculo. El cómic toma protagonismo, sin matar a los héroes. La pantalla gigante atrapa y los pájaros enamoran.
Estaba yo a una distancia perfecta del escenario. Delante, una pareja que parecía de toda la vida, superando los sesenta, se divirtió tanto como mi hijo la primera vez que le llevé a un parque de diversiones. Se lo sabían todo; lo cantaron todo, se rompieron las manos de aplaudir y agitaban los brazos atendiendo cualquier indicación de los cantantes, incluso las que no formulaban. Volver la vista atrás y mirar la grada alta era en sí mismo un espectáculo. No había empezado la ceremonia y los feligreses de la secta Sabina&Serrat ya estaban entregados. Comunión absoluta sin necesidad de arrepentimiento.
Y luego estaba mi mundo interior. Yo nací con “Mediterráneo”, crecí con “Se equivocó la paloma”, me hice adulto con “Caminante no hay camino” y de momento he llegado hasta la “Orquesta del Titanic”.
No conozco canciones más inteligentes que “19 días y quinientas noches” “Contigo” o la que narra la verdadera vida de la Magdalena y nuestro señor Jesucristo. En cada una de ellas se me reproducen situaciones de mi vida interior en momentos que dejaron una huella personal fundida con estas melodías. Me las sé de memoria. No me transporté del todo fuera de mi por respeto a ustedes, mis lectores, porque si me vuelco las emociones quizá hubieran nublado mi entendimiento. Recursos de un periodista, digamos, veterano.
Una bella muchacha muy embarazada daba saltos sobre el piso y temía que se adelantará el alumbramiento. Los abuelos estaban con sus nietos, los pibes con sus novias. Gente que parecía #dederechasdetodalavida cantaba los versos de Machado. Tres horas y medio de concierto, tres salidas al escenario y los porteños pedían más.
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